La fatiga del presidente 

En medio de la incidencia del Covid 19, que no cede, y la crisis de Ucrania, para cuyo reconocimiento como invasión la diplomacia mexicana se tardó, Andrés Manuel López Obrador se aproxima a dos fechas para él de primera importancia en la segunda mitad de su gobierno. Una, la inauguración el 21 de marzo del aeropuerto Felipe Ángeles con los factores que dificultan su operación aérea y su conectividad terrestre; otra, la celebración el 10 de abril, de la votación llamada revocación de mandato, que en realidad servirá para ratificar al presidente y darle amplitud al autoritarismo que lo caracteriza. Cerca en el tiempo de esos acontecimientos, López Obrador hace una vez más la innecesaria y sospechosa reiteración de su voluntad de retirarse al cumplir el plazo constitucional de su mandato. Podría hacerlo, pero no quiero, parece decir con ello López Obrador. El presidente acompaña esta reiteración con una declaración que se asemeja a un recurso para incrementar su popularidad: No aguanto más, asevera al referirse a la fatiga de su intenso trabajo en el poder.

El aeropuerto de Santa Lucía será una más de las responsabilidades que el presidente encomienda a las Fuerzas Armadas, principalmente el Ejército, que van desde la administración de aeropuertos hasta la operación de un banco o del avión presidencial que se entregará a una empresa turística del Estado para promoción de visitantes a nuestro país. Militarización para algunos, para otros absurdos administrativos con los que se pretende dar a las Fuerzas Armadas tareas lejanas a su vocación que difícilmente podrán cumplir con eficacia. El Ejército, ciertamente, es una dependencia del gobierno. Su titular es nombrado y puede ser removido por el presidente; sus continuas protestas de lealtad y de cumplimiento de las responsabilidades que la ley le marca salen sobrando en una institución que es parte del Ejecutivo federal y dependencia que debe obediencia y acatamiento de lo dispuesto por el presidente.

A diferencia de lo que ocurre en otros países y de la lógica en la vida democrática, no es la oposición ni un sector crítico al gobierno quienes promovieron la ley para una revocación del mandato del presidente de la República. Son el propio presidente y su partido los impulsores de este proceso y de ellos parten las exigencias para que el Instituto Nacional Electoral las organice con la amplitud y los recursos de las elecciones legislativas o presidenciales. La temporada de veda previa al diez de abril no cambia ante la opinión pública la evidencia de que el principal interesado en esa auscultación es el presidente de la República con el claro objetivo de reforzar, en el último tramo de la administración, la política de control autoritario, libre de cualquier contrapeso que se acentuará con el resultado de esa votación que para López Obrador no es revocación sino ratificación incuestionable. El ciudadano en las casillas o ausente de ellas tiene la última palabra.

Lejos de un desgaste físico o moral, a través de la historia el ejercicio del poder vigoriza la personalidad de quien lo detenta o lo ha tenido en sus manos. Después de los años violentos de la Revolución, Álvaro Obregón, el vencedor de Celaya, llegó al momento de su reelección en pleno uso de sus facultades y una vida activa con la que sólo terminó el arma de José de León Toral. Plutarco Elías Calles vivió su presidencia y los años de su poder político en aumento del vigor que lo acompañó aun después de su destierro en 1936 y hasta su muerte. Lázaro Cárdenas llevó a cabo difíciles transformaciones y aplicaciones de los principios de la Revolución Mexicana; enfrentó conflictos en amplios sectores de la población y ante las grandes potencias de la época reafirmó la soberanía del país con la nacionalización del petróleo; saludable hasta el fin de su existencia.

Manuel Avila Camacho, hombre de una fortaleza física extraordinaria, sobrevivió a un atentado contra su vida y a la resistencia de grupos políticos en sus intentos por la unidad nacional. Miguel Alemán disfrutó el poder y con facilidad llevó adelante una política de industrialización y de construcción de infraestructura en sus seis años de gobierno; quitó al poder toda formalidad al aparecer siempre con una amplia sonrisa. Adolfo Ruiz Cortínes, a quien se consideraba a sus 62 años al inicio de su gobierno un anciano decrépito, terminó su administración tan lozano y saludable como su edad lo permitió, gracias, dijo, a la vitamina P, la del poder, más rejuvenecedora que cualquier reconstituyente. López Mateos, Adolfo el joven, sólo vio mermado su entusiasmo y su incansable peregrinar con la enfermedad que lo aquejaba acentuada en los últimos años de su gobierno. Luis Echeverría trabajaba desde temprana hora y hasta la madrugada en proyectos e instituciones vigentes en la actualidad. A sus cien años de edad, aún con el vigor naturalmente disminuido, da testimonio de la resistencia ante los retos y las dificultades del ejercicio del poder.

Andrés Manuel López Obrador se dice cansado en el inicio de la segunda parte de su gobierno. Ciertamente, algunos observadores coinciden, con razón o sin ella, en que su imagen muestra una fatiga que bien puede ser debida a su salud disminuida por la afectación cardíaca que padece. Es posible también que el cansancio que confiesa López Obrador es en buena parte producido por el desgaste de tres años de lucha contra los fantasmas de adversarios, conservadores y enemigos de su cuarta transformación que cree encontrar en todo momento y en toda circunstancia, en oposición a su gobierno. Como en el boxeo, el golpe que se falla o el que se tira al vacío fatiga más que el que se propina a un adversario concreto y existente en la realidad. Golpear a las sombras termina por aniquilar la fuerza y la voluntad del contendiente.

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